MISION
La Pequeña Casa de la Divina Providencia, fundada por San José Cottolengo, es una institución civil y eclesiástica. Su fundamento es la Divina Providencia, su inspiración es la caridad de Cristo, su apoyo es la oración y su enfoque son los pobres. Está compuesta por hermanas, hermanos, sacerdotes y laicos que, en diversas funciones, cumplen sus fines.
La Pequeña Casa atiende a los pobres, los enfermos, los abandonados y a los necesitados, sin distinción, porque reconoce en ellos el rostro de Cristo.
De esta manera, la Pequeña Casa afirma el valor sagrado de la vida humana, desde su inicio hasta su fin natural; promueve la dignidad de cada persona en su originalidad y diversidad; cuida de la persona en su dimensión humana y trascendente; vive el espíritu de familia construyendo relaciones de reciprocidad, generosidad, compartir y fraternidad.
En los distintos países donde opera, la Pequeña Casa se organiza en comunidades vivas y diversos servicios, unidos y guiados por el espíritu y las enseñanzas de San José Cottolengo. Como una gran familia, todos, sanos y enfermos, religiosos y laicos, según su vocación y la medida de su dedicación y compromiso individual, se ayudan mutuamente para alcanzar los objetivos evangélicos de la Obra.
San José Cottolengo enseña que la Divina Providencia "emplea principalmente medios humanos". Por lo tanto, todo trabajador de los sectores asistencial, educativo, sanitario, pastoral, administrativo y técnico, con su responsabilidad, competencia y generosa dedicación, se convierte en un "instrumento" de la Divina Providencia al servicio de los pobres.
En la Pequeña Casa de la Divina Providencia, todos pueden encontrar sentido a su existencia, realizar los anhelos más profundos de su corazón y contribuir a la construcción de una nueva humanidad fundada en el amor, la amistad y la esperanza de la vida eterna.

INICIO DE NUESTRO CARISMA
El 2 de septiembre de 1827, el sacerdote José Benito Cottolengo tenía entonces 41 y años cuando fue llamado a la cabecera de una mujer, Giovanna María Gonnet, madre de tres hijos y embarazada de un cuarto hijo, que no fue admitida en los hospitales de la ciudad de Turín porque en ninguno de ellos se la reconocía en condiciones de ser hospitalizada
El Cottolengo fue testigo impotente de su muerte.
Profundamente conmovido por el triste suceso, después de un momento de oración ante el cuadro de Nuestra Señora de las Gracias en la iglesia del Corpus Christi de Turín, el Cottolengo exclamó: '¡la Gracia está hecha! Bendita sea la Virgen Santa".
En aquel trágico suceso él percibió claramente los planes de Dios para su vida. Para evitar que se repitieran tales tragedias humanas, animado por la inspiración divina, decide comprometerse a socorrer y ayudar a las personas más abandonadas y solas, ofreciéndoles un hogar y una familia.
